Resumen del artículo: El juego como pilar del bienestar canino
Canalizar instintos naturales mediante el juego estructurado es la mejor solución para prevenir la ansiedad y mejorar el autocontrol. Diana Rodríguez (Especialista en Comportamiento Canino) recalca que jugar de manera adecuada fortalece el vínculo sin generar obsesiones. En La Llamada de Buck enseñamos a familias de Bizkaia (Bilbao, Margen Izquierda) y Castro Urdiales a utilizar el juego como herramienta educativa, social y emocional.
Cuando pensamos en el bienestar de un perro, solemos hablar de paseos, comida o visitas al veterinario. Sin embargo, hay algo fundamental que muchas veces pasa desapercibido: el juego.
Jugar no es solo una forma de entretener al perro o de que “se canse”. El juego cumple un papel clave en su equilibrio emocional, en su aprendizaje y en la relación que construye con las personas con las que convive. Entender esto puede marcar una gran diferencia en su calidad de vida.
Jugar es una necesidad, no un capricho
Los perros juegan porque lo necesitan. A través del juego expresan conductas que forman parte de su naturaleza, como perseguir, morder, sacudir o buscar. Estas conductas no desaparecen porque el perro viva en una casa; simplemente necesitan una forma adecuada de canalizarse.
Cuando un perro no puede expresar estas necesidades de forma sana, es más fácil que aparezcan problemas como ansiedad, frustración o conductas excesivas. El juego bien planteado ayuda a prevenir todo esto.
No se trata de jugar “a lo loco”
No todos los juegos son beneficiosos por sí mismos. Para que el juego sea positivo, necesita tres cosas básicas:
- Tener sentido para el perro: que le permita usar su cuerpo y su mente.
- Tener normas: no todo vale, ni todo el tiempo.
- Tener relación con la persona: jugar no es solo tirar un objeto como una pelota, es compartir el momento.
Un juego sin límites claros puede acabar generando obsesión o nerviosismo, aunque al principio parezca que el perro “se lo pasa genial”.
El error más común con los cachorros
Cuando llega un cachorro a casa, casi todo nos hace gracia. Mordiscos, saltos, demandas constantes de juego… El problema es que muchas personas piensan que “ya se le pasará”.
En realidad, el cachorro está aprendiendo todo el tiempo. Si no le enseñamos desde el principio a jugar con calma, con normas y con autocontrol, es muy probable que esos comportamientos se intensifiquen con el tiempo.
Jugar bien desde pequeño no quita diversión, al contrario: le da al perro seguridad y equilibrio y un contexto positivo y seguro en el que aprender.
¿Los juegos de mordida hacen agresivo al perro?
Esta es una duda muy común. La respuesta corta es: no, si se hacen bien.
La boca es una herramienta básica para el perro. Si nunca le enseñamos a usarla de forma controlada, el riesgo no disminuye, aumenta. Un juego de mordida bien dirigido ayuda al perro a aprender:
- Cuánta fuerza usar
- Cuándo parar
- Cómo interactuar sin hacerse daño
El problema no es el juego, sino cómo se plantea.
Juego y perros “nerviosos” o reactivos
A veces se recomienda no jugar con perros que reaccionan mucho ante estímulos como bicicletas, coches o personas corriendo. La idea es que el juego los “excita demasiado”.
Sin embargo, para aprender a calmarse, el perro necesita practicar precisamente eso: activarse y volver a la calma. El juego permite hacerlo de forma controlada, enseñándole a gestionar sus emociones en lugar de evitarlas.
Bien utilizado, el juego puede ser una gran ayuda en perros con dificultades emocionales.
¿El perro debe jugar siempre con nosotros?
No necesariamente. Es completamente normal y saludable que un perro juegue solo: lanzar un juguete, revolcarse, investigar objetos… Eso indica bienestar y tranquilidad.
El juego con la persona es muy importante para el vínculo, pero el juego autónomo también forma parte de una vida equilibrada.
Saber empezar… y saber terminar
Uno de los errores más frecuentes es el juego sin final, especialmente con pelotas. Lanzar una y otra vez sin parar puede generar ansiedad y una fuerte dependencia del estímulo.
Un buen juego tiene:
- Un momento adecuado para empezar (después de pasear, explorar, o hacer sus necesidades).
- Un final claro, que permita al perro relajarse y descansar.
El descanso no es pérdida de tiempo: es cuando el perro asimila lo aprendido.
Jugar, un aprendizaje contínuo
El juego no solo divierte. A través del juego el perro aprende a:
- Escuchar
- Esperar
- Controlarse
- Comunicarse mejor
El juego fortalece la relación
Jugar es compartir, negociar y aprender juntos. Al principio, el perro puede querer solo el juguete. Con el tiempo, aprende que lo importante no es el objeto, sino la interacción.
Cuando el perro elige jugar contigo, se fortalece el vínculo y la confianza. Esa conexión se refleja en todos los aspectos de la convivencia.
Los perros mayores también necesitan jugar
El juego no es solo cosa de cachorros. Los perros mayores también disfrutan jugando, aunque de forma más tranquila y durante menos tiempo.
Unos segundos de juego adaptado pueden devolverles energía, motivación y bienestar emocional. Dejar de jugar por completo puede afectar negativamente a su estado y felicidad.
En resumen
El juego no es un extra ni un lujo. Es una parte esencial de la vida del perro. Bien planteado, el juego:
- Mejora su bienestar emocional
- Previene problemas de conducta
- Fortalece la relación con las personas
- Acompaña al perro durante toda su vida
Aprender a jugar bien con un perro es, en el fondo, aprender a entenderlo mejor.



